Curso de la maestría en Derechos Humanos. Esta bitácora no es un sitio oficial de la Facultad de Derecho. Es una herramienta responsabilidad del profesor del Curso
jueves, 1 de julio de 2010
Imparcialidad
Observación General Nº 32
Isabel
domingo, 27 de junio de 2010
jueves, 24 de junio de 2010
Crónica: "Una noche sin metal" (sólo para compartir algunas cosas q escribo, por Verónica Hernández)
Esa noche tenían planeado tocar a eso de la una de la madrugada. Habían viajado hasta la costanera de la ciudad de Quilmes en la camioneta Dodge de los años setenta, con la que Cuchu, guitarrista de la banda, trabajaba como fletero. En el boliche, el sonido brillaba por su ausencia, así que decidieron calmar el frío de ese 23 de julio de 1995 en un bar cercano.
Javier, el “Colo”, otro de los guitarristas, le puso un trago de ginebra a su cerveza (“agua sucia” le llamaban al brebaje por aquellas épocas); siempre llevaba su petaca en el bolsillo interior de su campera de cuero negra. Se vino de Chile con su familia cuando era muy chiquito, huían de la dictadura. Todo el mundo siempre se preguntaba por qué le decían así, si era un morocho de pelo largo y negro. Sólo los más cercanos sabían que era por ser hincha del equipo Colo Colo, ese que jugaba con Boca cuando un perro carabinero le mordió el culo a Navarro Montoya.
Los demás integrantes de “Exterminio” compartían cerveza con los amigos de Villa Caraza, “el gordo”, que nunca fue gordo, Maxi “buba” y Diego “el polaco”, que siempre los acompañaban para darles una mano con los equipos de música. Todos andaban por los 23 años de edad.
En eso, se sumó un grupo de muchachos que viajaron en el 85 desde Wilde para escucharlos tocar. Entre ellos estaba “el Nazi” ( tiene la teoría de que los colectivos 85 y 24 te llevan a todos lados), que de nazi no tiene nada: pelo negro largo abultadísimo, tez morena, estrictos borceguíes y campera de cuero negra. Lo bautizaron así en los recitales heavys porque usaba una remera con la imagen de Hitler, el mapa de Europa, la estampa “European tour” y un listado de países como si fuera una gira internacional, con Rusia e Inglaterra “cancelados”, se la había traído de Brasil el manager de Horcas.
Para algunos de la banda era una noche ríspida. Al inconveniente de la demora, se sumaba el malestar entre Pedro, el bajista, y Cuchu, que casi no se hablaban por una discusión que habían tenido:
Pedro: Vos no venís a los ensayos por estar con Chela y ella se la pasa tirándose lances con todo tipo que se le cruza.
Cuchu: Vos qué sabés?!
Pedro: (murmurando) Cómo podés ser tan boludo!
Cuchu: Qué más tenés que decir che?
Pedro: nada, nada.
El asunto mantenía empacado a Cuchu en una punta de la mesa y enojado a Pedro.
Pero lo que más inquietaba al grupo era que la policía no paraba de rondar la zona y de parar a pibes vestidos de negro; parecía ser una noche más de persecución a las huestes del metal.
Tras averiguar otra vez en el boliche el horario del show y que les informaran que tocarían a las 4, decidieron plantar todo; la cosa se había encarajinado bastante y, hartos, no pensaban esperar un minuto más. Se subieron todos (Pedro dijo que eran “casi dieciocho, “el nazi” que eran “poco más de veinte”) a la camioneta fletera junto a sus equipos y partieron rumbo a Wilde, en su límite bien al sur con Lanús, más precisamente, Monte Chingolo.
Una vez allí, como “el Nazi” jugaba de local, los llevó a la Pizzería Cadorna, en Onzari y Camino General Belgrano, allá donde termina la línea 17 y comienza la tierra de nadie.
Por esas cosas que tienen los barrios, a Onzari nadie la conoce por su nombre, todos la llaman Cadorna, por costumbre, porque así se llamaba antes.
La pizzería tenía una disposición de mesas como de lugar “al paso”: tablas largas contra las paredes, de madera mapeada a fuerza de colillas de cigarrillos, azulejos de piso a techo. El local era chiquito para ser pizzería, así que ellos solos la llenaron.
Unos minutos después de llegar, Pedro y “el Nazi” escucharon un griterío que venía de afuera, salieron a ver qué pasaba y vieron a un grupo de unos siete u ocho pibes de unos dieciséis años que corrían por Camino Gral Belgrano en dirección a Avellaneda a un tipo de unos casi treinta; éstos pasaron y los otros se metieron adentro de la pizzería otra vez. Según “el nazi” (Pedro sostiene que el nazi no se acuerda pero que su versión es la verdadera), Scooby usaba de baño un local vecino cuando vio a unos pibes heavies vecinos y entonces lo llamó, todos se saludaron y aquellos siguieron su camino por Gral Belgrano hacia Lanús.
Resultó ser que en ese interin, alguien llamó a la comisaría sexta de Lanús, que queda en Monte Chingolo, informando que en la calle Burelas y Camino General Belgrano, tan solo a dos cuadras de la pizzería Cadorna, había un hombre muerto tirado en la vereda. En esa dirección partieron los agentes bonaerenses.
Parece ser que el hecho que terminara con la vida de ese hombre, llamado Juan Duarte, había sido presenciado por un remisero de un local vecino de la calle Burelas, Julio César García, quien al llegar el personal policial se ofreció a identificar a los jóvenes que habían pateado a Duarte hasta dejarlo ahí muerto.
García se subió al patrullero y salieron a cazar. Enseguida señaló a un grupo de jóvenes. A la altura de la entrada de la pizzería Cadorna, sobre la calle Onzari, la camioneta de la policía bonaerense detuvo su marcha y apuntó con sus luces hacia el interior. Los policías bajaron y, desde la vereda, les comenzaron a gritar al grupo de Exterminio y sus amigos que salieran a la calle, todos tenían sus armas en la mano, algunas de ellas eran de largo calibre.
Ya todos estaban acostumbrados a que los parara la policía, los revisara y los detuviera por “averiguación de antecedentes”, como para no decir que parecían sospechosos de algo. Sabían que los pelos largos, el cuero y el color negro eran una mala combinación para los agentes de la ley y casi casi ya se habían acostumbrado.
Así que como en una coreografía ya ensayada hasta el hartazgo, los muchachos de la pizzería se levantaron lento y salieron “mansamente”, según un posterior término judicial, de a uno a la vereda. El pizzero, que vendió su local y nunca más se supo de él, alcanzó a meter en la cocina a Luciana, Pato y a algunos más. A medida que los pibes salían, uno de los policías, Diego Alejandro Centurión, que al momento tendría unos 22 años, los “acomodaba” contra la pared de un correctivo en la cabeza y usando la misma mano en la que tenía su Astra 9 mm sin el seguro puesto y el dedo en la cola del disparador. Primero salieron tres o cuatro del plantel de Wilde, después Cuchu, el nazi, Pedro y después “el Colo”, a quien Centurión agarró de los pelos para correrlo hacia un costado.
En ese momento se escuchó el disparo.
Marcos “el boli”, que hoy día trabaja como gerente de una sucursal de Disco, vio como delante de sus ojos el proyectil que salía del arma de Centurión, se incrustaba en la cara del Colo, justo debajo del ojo izquierdo y salía por algún lugar de la cabeza. Vio como su amigo se desplomaba en la vereda hasta que un puño lo puso de cara a la pared, mirada al piso. El foco puesto en la sangre y los restos de masa encefálica estampadas para siempre en su chupín negro.
“El gordo”, “Buba” y “el polaco”, que dormían en la parte trasera de la camioneta Dodge, entre los equipos, se habían despertado minutos antes por los gritos. Al ver las luces azules de las sirenas policiales se agazaparon tras la lona que cubría la caja y se quedaron sin moverse, sin emitir sonido, solo pensando que de un minuto a otro la lona se abriría y, al descubrirlos, los fusilarían ahí nomás. No salieron de la caja de la camioneta hasta que pasó un eterno rato después que ya no escuchaban a nadie en la calle.
Todo se tornó un descontrol. Los que ya estaban afuera dejaron de mirar a la pared: “qué hiciste hijo de puta?”, “qué pasó?”, gritaban, solo alcanzaron a ver a uno de los suyos tirado en el piso, sin poder distinguir quién era, los pelos negros y largos tapaban su cabeza, su cara; “el tano”, cantante de la banda, “el nazi”, Cuchu, Gregorio, baterista de la banda y los demás salieron ya no mansamente de la pizzería en medio del quilombo, a la vez que eran recibidos a culatazos y puestos contra la pared.
Centurión gritaba: “se me escapó, se me escapó!!!”.
Pedro fue devuelto a la pared por un policía gordísimo y duro de un roscazo en la nuca que así siguió repartiendo entre todos los demás, mientras gritaba:
“Tiran de enfrente, tiran de enfrente!!!”.
El otro policía llamaba por radio mientras recorría una distancia de dos metros ida y vuelta hasta casi hacer un surco en la vereda. Pedía refuerzos.
De repente, todos quedaron en silencio y de cara al cemento, sin saber quién era el que estaba en el piso, pensaban que estaba herido y no podían hacer nada para socorrerlo. Muertos de miedo.
Llegaron dos camionetas más. Por el rabillo del ojo vieron como tomaban al caído de los pelos y arrastrándolo por la vereda lo subían a la caja descubierta de la camioneta policial y esta se iba a toda velocidad alejándose del lugar. Pedro y el Nazi recuerdan a ese momento como el de mayor nitidez.
Todos fueron subidos de los pelos a las dos camionetas restantes, nada de levantar la vista del suelo, manos atrás. En ese recorrido, Pedro pisó el charco de sangre de su amigo, sus Topper negras hicieron las veces de sello que se moja en tinta roja. Nunca el rojo había sido tan rojo.
En el grupo nadie murmuraba siquiera. Las dos camionetas pararon el la puerta de una agencia de remís, alguien que no conocían se bajó, entró al local y cerró la puerta a sus espaldas. Metros más adelante, la policía les señaló el cuerpo de un hombre muerto en la vereda, nadie entendía por qué; aunque dos del grupo sí sabían que era el mismo hombre que corría por Gral Belgrano, huyendo de un grupo de adolescentes.
De ahí, a uno de los tantos descampados de Chingolo, los policías dejaron las camionetas en marcha, con las luces encendidas y bajaron, alejándose unos metros del lugar. Los pibes los veían hablar agitados, discutir. Esos minutos duraron días.
El terror ya había ocupado cada centímetro del lugar y de sus cuerpos.
Los agentes subieron a las camionetas y a toda velocidad fueron hasta la comisaría sexta de Monte Chingolo. Ahí los bajaron a todos.
lunes, 21 de junio de 2010
LECTURA PARA LA CLASE DEL 23 DE JUNIO
• EXTRACTO DEL CASO "FERMÍN RAMÍREZ" (todas las garantías siustantivas)
• PRINCIPIO DE LEGALIDAD del libro "Derecho internacional de los derechos humanos", ver bibliografía en el programa.
• Buscar en Kimel y otros fallos de Corte cuestiones de principio de legalidad.
Nos vemos el miércoles. Saludos,
AB
COMUNCIADO DE LA COMISIÓN
COMUNICADO DE PRENSA
No. 64/10
RELATORÍA DE LA CIDH CONSTATA GRAVES CONDICIONES DE DETENCIÓN EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES
Washington, DC, 21 de junio de 2010 - La Relatoría sobre los Derechos de las Personas Privadas de Libertad de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) realizó una visita a la República Argentina del 7 al 10 de junio de 2010, en el marco de la invitación abierta y permanente extendida por el Estado argentino a la CIDH. La delegación estuvo integrada por el Relator, Comisionado Rodrigo Escobar Gil, y personal de la Secretaría Ejecutiva. La Comisión Interamericana desea expresar su agradecimiento al Gobierno argentino por su cooperación y el acceso irrestricto a los lugares de detención durante el transcurso de la visita, así como a las organizaciones no gubernamentales argentinas y a la Comisión Provincial por la Memoria por la información y la cooperación prestada.
En la ciudad de Buenos Aires la delegación se reunió con el Vicecanciller de la Nación, Victorio Taccetti; el Ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos del Gobierno Nacional, Julio Alak; el Director del Servicio Penitenciario Federal, Alejandro Marambio; y la Vicepresidenta de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, Elena Highton de Nolasco. En la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, la delegación se reunió con la Presidenta de la Suprema Corte de Justicia Hilda Kogan; la Procuradora General, María del Carmen Falbo; el Ministro de Justicia y Seguridad, Ricardo Casal; el Subsecretario de Política Criminal, César Albarracín; y el Jefe del Servicio Penitenciario Bonaerense, Javier Gustavo Mendoza. Asimismo, se entrevistó con Mario Luis Coriolano, Defensor de Casación de la provincia de Buenos Aires y miembro del Subcomité para la Prevención de la Tortura y otros Tratos o Penas Inhumanas y Degradantes de las Naciones Unidas.
El comunicado completo aquí.



